Juny 18, 2008

“Una noche me preguntó cuál era la casa que más me gustaba”, me contó Angela Vicario. “Y yo le contesté, sin saber para qué era, que la más bonita del pueblo era la quinta del viudo de Xius”. Yo hubiera dicho lo mismo. Estaba en una colina barrida por los vientos, y desde la terraza se veía el paraíso sin límite de las ciénagas cubiertas de anémonas moradas, y en los días claros se alcanzaba a ver el horizonte nítido del Caribe, y los transatlánticos de turistas de Cartagena de Indias. Bayardo San Román fue esa misma noche al Club Social y se sentó a la mesa del viudo de Xius a jugar una partida de dominó.

 

– Viudo-le dijo-: le compro su casa

– No está a la venta -le dijo el viudo.

– Se la compro con todo lo que tiene dentro.

 

El viudo de Xius le explicó con una buena educación a la antigua que los objetos de la casa habían sido comprados por la esposa en toda una vida de sacrificios, y que para él seguían siendo como parte de ella. “Hablaba con el alma en la mano”, me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que estaba jugando con ellos. “Yo estaba seguro que prefería morirse antes que vender una casa donde había sido feliz durante más de 30 años.” También Bayardo San Román comprendió sus razones.

 

– De acuerdo -dijo-. Entonces véndame la casa vacía.

 

Pero el viudo se defendió hasta el final de la partida. Al cabo de tres noches, ya mejor preparado, Bayardo San Román volvió a la mesa de dominó.

 

– Viudo -empezó de nuevo-: ¿Cuánto cuesta la casa?

– No tiene precio.

– Diga uno cualquiera.

– Lo siento, Bayardo -dijo el viudo-, pero ustedes los jóvenes no entienden los motivos del corazón.

 

Bayardo San Román no hizo una pausa para pensar.

 

– Digamos cinco mil pesos- dijo.

-Juega limpio -le replicó el viudo con la dignidad alerta-. Esa casa no vale tanto.

– Diez mil -dijo Bayardo San Román-. Ahora mismo, y con un billete encima del otro.

 

El viudo lo miró con los ojos llenos de lágrimas. “Lloraba de rabia”, me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que además de médico era hombre de letras. “Imagínate: semejante cantidad al alcance de la mano, y tener que decir que no por una simple flaqueza del espíritu”. Al viudo de Xius no le salió la voz, pero negó sin vacilación con la cabeza.

 

– Entonces hágame un último favor-dijo Bayardo San Román-. Espéreme aquí cinco minutos.

 

Cinco minutos después, en efecto, volvió al Club Social con las alforjas enchapadas de plata, y puso sobre la mesa diez gavillas de billetes de a mil todavía con las bandas impresas del Estado. El viudo de Xius murió dos años después. “Se murió de eso”, decía el doctor Dionisio Iguarán. “Estaba más sano que nosotros, pero cuando lo auscultaba se le sentían borboritar las lágrimas dentro del corazón”. Pues no sólo había vendido la casa con todo lo que tenía dentro, sino que le pidió a Bayardo San Román que le fuera pagando poco a poco porque no le quedaba ni un baúl de consolación para guardar tanto dinero.

 

Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez-

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Anuncis

Juny 15, 2008

Allí por la tropa portado, traído a ese paraje de maniobras, una tipa como capitán usar boina me dejara, pese a odiar toda tropa, por tal ropilla.

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Pista: Onís es asesino

 

 

 

Juny 2, 2008

 

somriures de sorra,

tendres jocs d’infant.

cireres per arracades.

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